11/05/2026
C.D Lance Power
En la fría pista de Ourense, mientras la tensión del campeonato se apoderaba del estadio y la megafonía repetía nombres y marcas decisivas, una joven cántabra de apenas 13 años, y en su primer año en categoría Sub-16 convirtió la presión en grandeza.
Lyra Arozamena conquistó este fin de semana la medalla de bronce en el Campeonato de España por Federaciones Autonómicas, una competición que reunió a las 17 comunidades autónomas y a las mayores promesas del atletismo nacional.
No fue solo una medalla. Fue una declaración.
La atleta del C.D Lance Power, llegó a Galicia acompañada de su entrenador Claudiu Adrian Pascal, también delegado de la expedición cántabra.
Ambos sabían que el objetivo era ambicioso: subir al podio nacional. Y Lyra decidió desde el primer lanzamiento que no había espacio para el miedo. Mientras algunas rivales competían con la experiencia de la edad y el peso de los favoritismos, la cántabra eligió el camino más difícil: desafiarlo todo. “La lucha ha sido tremenda”, confesó después de la prueba, todavía con la emoción temblándole en la voz. “Cada atleta defendía a su comunidad como si fuera una final olímpica. Pero yo tenía claro que también iba a luchar por Cantabria hasta el final”. Y luchó.
Con un lanzamiento de 48,99 metros con el martillo de 3 kg, Arozamena aseguró el tercer puesto de España en categoría Sub-16 y se confirmó, además, como la mejor atleta nacional de su edad en la especialidad. Un registro que no solo le otorgó una medalla: la colocó en el radar del atletismo español.
Pero la verdadera dimensión de su victoria no estuvo únicamente en la marca. Estuvo en el instante posterior. Cuando su nombre resonó por la megafonía junto al resultado de su último lanzamiento —48,99 metros— y subió al podio con la bandera cántabra en el pecho, la atleta dejó de ser una promesa para convertirse en símbolo de una generación que compite sin complejos frente a rivales mayores y estructuras más potentes. “Sentí que todo explotaba dentro de mí”, relató. “No sabía si era orgullo, felicidad o alivio. Solo pensaba en todos los entrenamientos, en los sacrificios, en los días duros. Y entendí que había merecido la pena”.
En las gradas, el equipo cántabro rugía como si aquella medalla fuese colectiva. Porque, en cierto modo, lo era. Ourense coronó a las grandes favoritas. Pero también descubrió algo más peligroso para el futuro del atletismo español: una lanzadora que ya no compite para aprender, sino para ganar.